En un recodo de la vereda, donde el aire se hace remolino, Juá Shotá, el otomí, echó raíces. Entre el peñascal, donde el sol se astilla, el vagabundo hizo alto. Una roca le brindó sombra a su cuerpo, como el valle le ofreció reposo y deleite a su vista. En torno de él, las cañas de maíz crecían si acaso dos cuartas y se mustiaban enfermas de endebleces. El indio fue testigo impávido de las lágrimas y del sudor vertidos sobre la sementera para apagar la sed de los sembradíos y el hambre de los sembradores. Pegado a la roca, aclimatado como los árboles peruleros, viviendo como el maguey, sobre la epidermis de un manto calcáreo, Juá Shotá hacía su vida a un ritmo vegetal. Ofrecía al peregrino una jícara de pulque, en los precisos instantes en que las piernas flaqueaban y la lengua se pegaba al paladar. La gratificación por el servicio era modesta, aunque constante, tanto, que un día del peñasco brotó un techado que era flor del temple, nata del clima. Un techado que ...
El Infierno de Dante es un anchuroso valle de figura cónica, con la punta al centro de la tierra, cuya superficie le cubre. Está dividido en nueve grandes círculos, muy distantes uno de otro, pero que sucesivamente van estrechando, de modo que le dan la apariencia de un anfiteatro. Sobre las mesetas de aquellas plataformas, que entre sus dos lados comprenden un grandísimo espacio, están las almas de los condenados. Caminando siempre los dos Poetas a la izquierda, recorren una parte de cada círculo, de suerte que ven qué clase de pecadores hay allí, y cuáles son sus penas, y aún reconocen a algunos. Después se inclinan hacia el centro, y buscando la entrada, bajan por ella al siguiente círculo. Así van continuando su viaje hasta el fondo, salvo algún que otro incidente, que se advertirá en su lugar. o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o El infierno. Canto tercero [fragmento]. Por mí se llega a la ciudad del llanto; por mí a los reinos de la eterna pena, y a los que sufren inmort...
Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto. Estaba echado de espaldas sobre un duro caparazón y, al alzar la cabeza, vio su vientre convexo y oscuro, surcado por curvadas callosidades, sobre el que casi no se aguantaba la colcha, que estaba a punto de escurrirse hasta el suelo. Numerosas patas, penosamente delgadas en comparación con el grosor normal de sus piernas, se agitaban sin concierto. - ¿Qué me ha ocurrido? No estaba soñando. Su habitación, una habitación normal, aunque muy pequeña, tenía el aspecto habitual. Sobre la mesa había desparramado un muestrario de paños - Samsa era viajante de comercio-, y de la pared colgaba una estampa recientemente recortada de una revista ilustrada y puesta en un marco dorado. La estampa mostraba a una mujer tocada con un gorro de pieles, envuelta en una estola también de pieles, y que, muy erguida, esgrimía un amplio manguito, asimismo de piel, que ocultaba todo su antebra...
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